La narrativa de Alejandro González Iñárritu se ilumina con la misma luz natural que él y su colaborador, Emmanuel “Chivo” Lubezki, buscaron capturar durante el rodaje de “The Revenant” en 2014. La película, filmada casi en su totalidad con luz natural, exigió que los creadores organizaran jornadas enteras alrededor de los breves momentos de luz y penumbra que ofrecía el paisaje canadiense donde se desarrollaba la historia del cazador Hugh Glass, interpretado por Leonardo DiCaprio. Esta obsesión por la luz real, efímera y cambiante, se ha convertido en un rasgo distintivo del cine de Iñárritu, quien ha expresado su preocupación por el futuro del arte cinematográfico en un entorno donde los avances tecnológicos pueden amenazar la esencia misma de la experiencia visual.
Durante su reciente ingreso a El Colegio Nacional, donde se convirtió en el primer cineasta en ser admitido, Iñárritu reafirmó su inquietud ante la creciente influencia de la inteligencia artificial en el mundo del cine. En su discurso, enfatizó que aunque una película puede existir sin actores o guion, siempre necesita de la luz para ser. Sin embargo, advirtió que la inteligencia artificial tiende a interpretar la luz de maneras que pueden despojar a la imagen de su significado humano, produciendo simulaciones que, si bien pueden ser convincentes, carecen de la profundidad emocional que proviene de la experiencia directa de la realidad.
El director de reconocidas obras como “Amores Perros” y “Babel” también señaló cómo las nuevas regulaciones en la producción están impulsadas por el deseo de reducir costos, lo que podría limitar la creación de películas en condiciones auténticas, como lo fue “The Revenant”. A este respecto, Iñárritu resaltó que el verdadero desafío no es simplemente la tecnología en sí, sino la lógica corporativa que restringe la creatividad y la autenticidad en favor de la rentabilidad.
Además, se adentra en la problemática de la exhibición del cine mexicano, que a pesar de su producción constante y en cifras récord, enfrenta una falta de mecanismos sólidos para su distribución y permanencia en salas. Iñárritu critica la noción de que la cultura es un lujo y aboga por una valoración más integral de la experiencia humana en todas sus formas.
La transformación de la percepción visual también es una temática que le inquieta. En un mundo donde cualquier persona con un teléfono puede enmarcar la realidad de una manera específica, Iñárritu cuestiona qué significa realmente consumir “realidad enmarcada”. Para él, el peligro radica en que la mirada humana y la experiencia detrás de las imágenes sean reemplazadas por algoritmos que moldean la forma en que interactuamos con el mundo.
En medio de esta era dominada por tecnologías emergentes, González Iñárritu defiende la idea de que el cine debe seguir siendo una experiencia profundamente humana, ligada a la observación y a la autenticidad de la luz natural. Insiste en que la esencia del séptimo arte se encuentra en mirar atentamente, en captar momentos que solo pueden ser percibidos a través de una ventana emocional que requiera paciencia y sensibilidad.
Esta reflexión se vuelve esencial para el futuro del cine, un arte que, según Iñárritu, necesita ser protegido de la despersonalización que amenazan los avances tecnológicos y las nuevas dinámicas de producción. En un panorama cinematográfico que rápidamente se transforma, su defensa de la experiencia humana frente a la artificialidad resulta tanto urgente como vital.
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