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Hace apenas unas décadas, para decirse de izquierdas bastaba con reconocerse de clase trabajadora o defender un bienestar común. La complejidad del mundo actual ha llenado la mochila de causas que la ciudadanía ha ido haciendo suyas: ecologismo, feminismo, animalismo y gestos cotidianos como el reciclaje, el consumo responsable del agua y la calefacción, el rechazo del plástico, la compra en el mercado, la comida de temporada. Los domingos, la misa de algunos es la manifestación por causas justas antes del aperitivo. Este proceder cotidiano ha pasado de característica de la izquierda a caricaturización en manos de la derecha y los resultados electorales se hacen eco de ello, en la abstención o en cambios de voto que capitaliza la derecha o la ultraderecha. En este escenario, apenas las opciones nacionalistas de izquierda, como ha pasado recientemente en Aragón o Andalucía, encuentran una vía de éxito, que los expertos encuadran más en el bajo suelo del que partían que en una ilusión renovada. Y los casos de corrupción que se suceden ponen un clavo tras otro en el ánimo de los progresistas, que ahora miran con inquietud lo que pueda resultar de la imputación de Zapatero.


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