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Recuerdo la primera vez que fui a México y la emoción que sentí al visitar la tumba de Luis Cernuda en el Cementerio de San Ángel. Llevé unas violetas como él había hecho al visitar el sepulcro de Larra en uno de sus poemas más emocionantes: “Escribir en España no es llorar, es morir / porque muere la inspiración envuelta en humo”. Volví a esos recuerdos en la entrega del Premio Cervantes con las intervenciones de Gonzalo Celorio y del ministro Ernest Urtasun. Con la fuerza conmovedora de la narrativa, Gonzalo habló de la muerte de su padre para salir después a caminar por el mundo de la literatura, la sociedad y las relaciones insustituibles entre España y México. Con la energía de su sentido político, Urtasun recordó el exilio español, la solidaridad de Lázaro Cárdenas y el encuentro de la escritora Elena Garro con Luis Cernuda en Valencia durante la Guerra Civil. Cuando le comentó que estaba casada con el poeta Octavio Paz, Cernuda respondió que él era también poeta.
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