El regreso a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) siempre evoca un profundo sentido de nostalgia y pertenencia. Recientemente, un concierto en la Sala Nezahualcóyotl transformó esta conexión en una experiencia profundamente compartida. Asistir al evento acompañado por amigos resultó fundamental, ya que la interacción humana durante la música intensifica la vivencia emocional.
Investigar cómo se percibe y se procesa la música revela que el cerebro humano está diseñado para conectar y compartir momentos. La experiencia de la música en compañía potencia las emociones y profundiza la empatía, convirtiendo lo que debería ser una experiencia aislada en un acto comunitario casi terapéutico, especialmente en tiempos de creciente fragmentación social.
El concierto, ofrecido por la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM), presentó un programa estructurado como una narrativa neuroemocional en tres actos. Abrió con “Ethiopia’s Shadow in America” de Florence Price, una compositora cuya vida estuvo marcada por la lucha contra la discriminación racial y de género. Su obra, que aborda temas de trauma colectivo y resiliencia, activa en los oyentes circuitos emocionales y de memoria en el cerebro, recordándonos que la música no solo representa el trauma, sino que lo procesa.
Siguiendo este hilo narrativo, se interpretó el “Concierto para piano núm. 1” de Franz Liszt, ejecutado por la pianista mexicana Daniela Liebman. La performance ejemplificó la interconexión entre mente, cuerpo y emoción, siendo Liszt una figura que reflejó la intensidad emocional característica del virtuoso romántico. Su música, desde la perspectiva neurocientífica, representa un estado de “flow” en el que se produce una notable integración entre los circuitos del cerebro, que facilita una expresión artística excepcional.
La segunda parte del concierto estuvo dedicada a la “Sinfonía fantástica” de Hector Berlioz, una obra autobiográfica que narra su angustia amorosa. Esta sinfonía puede ser vista como una representación musical de los estados emocionales extremos, como la obsesión, revelando la complejidad de la mente enamorada. Desde el campo de la neurobiología, el análisis de estas experiencias audibles expone cómo la música puede impactar en la regulación emocional y la respuesta del sistema límbico.
Una cuestión vital surge: ¿existe algo como un “cerebro virtuoso”? La investigación sobre la música y el cerebro indica que los músicos desarrollan mayor plasticidad cerebral, lo que se traduce en habilidades auditivas excepcionales y eficiencias sensoriomotoras. Sin embargo, el impacto no se limita a los músicos; el oyente también experimenta una activación de circuitos que promueven el placer y la conexión social, haciendo de la música una herramienta efectiva en terapia para diversas condiciones, desde la depresión hasta la ansiedad.
Estos hallazgos no son nuevos: desde la antigüedad, la música ha estado entrelazada con la experiencia humana. Nuestros ancestros integraban la música en su vida diaria, reflejando su papel crucial en la cohesión de las comunidades. Las variaciones como la sinestesia, en la que los sentidos se entrelazan de manera única, muestran la diversidad de experiencias sensoriales que ofrece la música.
Con el auge de la psiquiatría integrativa, se reconoce aún más el valor terapéutico de la música. Se prescribe con eficacia para regular emociones y facilitar la calma en diversas condiciones, destacando su papel en la salud mental.
Al salir del concierto, la sensación de transformación era palpable. Este encuentro no solo enriqueció el entendimiento de la música, sino que subrayó que el cerebro humano y el cuerpo saben cómo responder a ella; la música se convierte en un puente, conectando a quienes la comparten de una manera que va más allá de las palabras. Compartir esta experiencia no solo enlaza corazones; tiene el poder de sanar.
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