El año 2026 se ha presentado como un periodo lleno de retos no solo para México, sino para el mundo entero. La dificultad para alcanzar las metas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible se vuelve cada vez más evidente, reflejando un panorama global complejo. Esta situación se agrava por la reciente disolución de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), que en 2023 canalizó alrededor de 42,000 millones de dólares a proyectos de asistencia humanitaria y desarrollo económico. Con su desmantelamiento, se ha perdido una gran fuente de financiamiento esencial para múltiples regiones.
A esta crisis se suman los recortes en la asistencia al desarrollo provenientes de países clave como Alemania, el Reino Unido y Francia. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), estos ajustes podrían llevar la ayuda internacional a niveles similares a los observados durante la pandemia de 2020. Este retroceso impactará de manera desproporcionada a aquellos países y poblaciones que ya enfrentan serias carencias.
En este contexto, el papel del sector privado se torna fundamental. Su contribución no solo permite la supervivencia de think tanks y organizaciones comunitarias, sino que también se convierte en un mecanismo clave para abordar necesidades sociales apremiantes. El World Giving Report 2025, de Charities Aid Foundation, indica que el 64% de la población mundial participa en algún tipo de donación. Del total de donantes, el 38% realiza aportes directos, mientras que el 36% lo hace a través de instituciones, y el 25% mediante organizaciones religiosas. Este panorama muestra variaciones significativas: por ejemplo, en Hong Kong, el 77% de los donantes confía en las instituciones, mientras que en Yemen, el 80% de la ayuda se entrega de manera directa.
En el caso específico de México, el informe de la OCDE sobre filantropía privada revela que entre 2020 y 2023, las fundaciones nacionales contribuyeron con 3,400 millones de dólares, comparado con los 274 millones de dólares aportados por donantes internacionales. Este monto se aproxima a los 3,160 millones de dólares que recibió informacion.center en ayuda oficial al desarrollo. Sin embargo, el diagnóstico es preocupante: la mitad del financiamiento nacional proviene de apenas diez donantes, con la Fundación Carlos Slim liderando con más de 670 millones de dólares, lo que representa un 20% del total.
Las fundaciones en México han centrado su atención principalmente en jóvenes y personas en situación de pobreza extrema, dejando de lado otras áreas críticas que requieren atención. La magnitud de los recursos que ahora maneja la filantropía nacional, en el contexto de la reducción de financiamiento internacional, hace imperativo que se eleven los estándares y se promueva una mayor profesionalización en estos esfuerzos. Es esencial garantizar su impacto y efectividad.
Para lograr esto, las fundaciones deben adoptar los principios de la filantropía estratégica, priorizando cambios sociales sostenibles por encima de soluciones inmediatas. Además, deben enfocarse en programas que garanticen resultados de alto impacto en las regiones y sectores que más lo necesitan. Este enfoque requiere innovación, coordinación entre donantes para evitar duplicidades y un diálogo constructivo con el gobierno para propiciar cambios estructurales.
Ninguna de estas acciones será eficaz sin una clara definición de objetivos, teoría del cambio y criterios de financiamiento al interior de las fundaciones. En México y en el resto del mundo, existe un deseo genuino de ayudar, pero ese impulso deberá traducirse en resultados tangibles. Para lograrlo, aquellos involucrados en esta nueva era de la filantropía deben optimizar sus procesos, fundamentar sus decisiones en evidencia y colaborar con actores que puedan amplificar su impacto social.
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