Ayer, se conmemoraron 32 años de un suceso que marcó un antes y un después en la historia de México: el asesinato de Luis Donaldo Colosio. En ese entonces, me encontraba con mi socio, Alberto Begne Guerra, en mi despacho, presentando un proyecto encargado por cercanos al candidato, que buscaba mejorar la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) a través de la creación de un Consejo de la Judicatura Federal, similar al de España. Este órgano tenía como propósito la administración y vigilancia de jueces, magistrados y ministros, en un contexto de transformación política y social.
Mientras discutíamos nuestras conclusiones, la calma se rompió abruptamente: el general responsable de la seguridad de Colosio hizo una llamada, informando que el candidato había sido atacado a disparos. La incredulidad fue palpable; en 1994, en medio de un proceso de democratización que incluía reformas significativas del PRI y un Tratado de Libre Comercio recién firmado, tal noticia parecía inimaginable. La reacción de todos los presentes fue de puro azoro.
Pronto, la televisión se convirtió en nuestro único hilo con la realidad, inundada de confusión y versiones contradictorias. Ante la situación, nuestros visitantes se dirigieron a las oficinas del PRI para obtener más información, mientras nosotros permanecíamos perplejos, tratando de asimilar lo que ocurría.
Mi padre, en aquel entonces presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados, me narró que, apenas dos horas después del atentado, el presidente Carlos Salinas se comunicó con ellos para plantear la posibilidad de modificar la constitución. Propuso reducir el periodo de campaña electoral de seis meses a solo dos o tres, algo que ambos se negaron a aceptar, argumentando que tal modificación podría abrir la puerta a futuros abusos. Salinas tuvo que aceptar la negativa, y a la postre, la elección recayó en Ernesto Zedillo.
El proyecto que impulsamos, sin embargo, encontró eco en la administración de Zedillo, llevándose a cabo la creación del Consejo de la Judicatura. Pero aún más trágicas fueron las circunstancias que rodearon la preparación de otro proyecto, relacionado con un centro de estudios para la Cámara de Diputados, solicitado por José Francisco Ruiz Massieu. Justo antes de su presentación, y saliendo de una reunión, sufrió un atentado en el que solo la suerte lo salvó de la muerte, un recordatorio escalofriante de la inestabilidad política del momento.
La noche del 23, tras regresarme a casa, me vi envuelto en la misma angustia que todos los mexicanos. A mi esposa le preocupaba el futuro, y juntos buscamos respuestas en la televisión. A medianoche, una interrupción en la señal sembró aún más inquietud: se suspendió la transmisión “por razones de seguridad nacional”. Ese instante dejó una huella indeleble en mí, mientras reflexionaba sobre el tipo de México al que traería al mundo a mi primera hija, que nacería en septiembre.
Hoy, las cicatrices de aquel periodo aún son visibles. El camino hacia un país más justo ha sido sinuoso y complicado. Con los recientes acontecimientos que han marcado los últimos siete años, es un ejercicio ineludible pensar en las lecciones que nos dejó Colosio y el anhelo de un México diferente.
A 32 años de su partida, el reto de construir un país viable y en paz permanece. La necesidad de revisar y fortalecer nuestras instituciones, así como de trabajar juntos por un futuro más prometedor, sigue siendo la tarea que nos liga a todos.
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