El reciente bombardeo de una escuela en el sur de Irán ha dejado un saldo devastador de 180 niñas muertas, un trágico recordatorio de la urgencia de una respuesta efectiva ante las crisis globales. Sin embargo, el Consejo de Seguridad de la ONU permanece en silencio, un reflejo de la inacción que se ha convertido en norma. La presidenta Claudia Sheinbaum ha calificado la situación de “inoperante”, una crítica que resuena profundamente cuando se considera la historia y el funcionamiento del organismo internacional.
Para entender por qué la ONU permanece paralizada, es necesario retroceder a 1945. El mecanismo del veto fue concebido no como un recurso de justicia, sino como una concesión de realpolitik entre las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. En un esfuerzo por mantener la paz, se estableció un sistema donde las grandes potencias podían bloquear decisiones que consideraran contrarias a sus intereses. Así, se prefería la inacción diplomática a una potencial guerra nuclear.
En la actualidad, en 2026, la ONU ha crecido de sus 51 miembros iniciales a 193, pero el poder de decisión sigue concentrado en solo cinco naciones: Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China. Esta concentración de poder se traduce en un historial de vetos que ilustra la realidad del poder: Rusia y su predecesora, la exURSS, han utilizado su veto más de 160 veces, especialmente en contextos como Siria y Ucrania, mientras que Estados Unidos ha ejercido su derecho de veto cerca de 94 veces, usualmente en defensa de aliados en Medio Oriente. Reino Unido y Francia han utilizado su poder en el contexto de la descolonización, y China, en un porcentaje creciente, ha seguido el mismo camino que Rusia, alineándose para proteger sus intereses.
La ONU, en lugar de ser un foro que defienda los derechos y el bienestar de todas las naciones, está funcionando como un facilitador de las decisiones de las potencias. La pregunta crucial ya no es por qué la ONU no actúa, sino por qué se sigue sorprendiendo su falta de acción. ¿Sobreviviría alguna organización contemporánea con un manual de operaciones escrito hace 80 años, diseñado para proteger únicamente a un pequeño grupo de naciones?
La ironía es aún más palpable cuando se observa el uso de la ONU en el contexto de la administración de Andrés Manuel López Obrador. La delegación de la compra consolidada de medicamentos a la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS) resultó en un gasto de más de 117 millones de dólares solo en comisiones, sin resolver los problemas del sistema de salud mexicano. La ineficacia de la ONU no solo es de índole geopolítica; también afecta su capacidad operativa en situaciones críticas.
Además, la ONU se ha convertido en un recurso retórico preferido por los líderes mundiales. Cuando desean evadir responsabilidades, invocan a la organización, y cuando buscan demostrar compromiso internacional, exigen que la ONU detenga conflictos. Sin embargo, los resultados son siempre los mismos: parálisis.
A medida que la ONU continúa funcionando bajo un sistema que privilegia los intereses de unos pocos sobre la vida de la mayoría, las palabras de condena que emite se convierten en meros gestos simbólicos. Mientras el veto en el Consejo de Seguridad siga intacto, el sistema diseñado para evitar la acción efectiva persistirá, dejando a la comunidad global en un estado de impotencia frente a la tragedia humana.
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