En el Mundial de 1986, el fútbol mexicano se convirtió en un baluarte de esperanza y resiliencia, en un contexto marcado por la tragedia. Solo un año antes, un devastador terremoto había azotado el centro de México, dejando a miles sin hogar y causando la pérdida irreparable de muchas vidas. Esta dolorosa memoria no se borró del corazón de un país que necesitaba una chispa de alegría y unidad.
Fernando Quirarte, el exfutbolista de Guadalajara, recuerda claramente cómo esa atmósfera impactó su experiencia en el torneo. Con la muerte de su primo y su padre poco antes del Mundial, Quirarte tuvo que encontrar la manera de canalizar su dolor en el campo. “Lo usé como una motivación para trabajar con más deseos”, reflexiona sobre cómo la presión emocional se transformó en fuerza positiva. En un momento crucial, anotó dos goles, recordando la alegría que la afición necesitaba, un bálsamo ante el sufrimiento colectivo.
La emoción de marcar en el Estadio Azteca, frente a armadas de hinchas, fue indescriptible. La imagen icónica de Quirarte celebrando su gol, con los brazos al cielo en señal de agradecimiento a su padre, se ha grabado en la memoria colectiva. “Es un momento muy emotivo, un éxtasis tremendo”, describe, evocando la conexión entre el deporte y las emociones humanas.
Ante la pregunta sobre la presión que sentía la selección mexicana en aquel entonces, responde con claridad: “El equipo supo canalizar eso por el lado positivo”. Desde el inicio del torneo, el espíritu de comunidad se sintió en el aire. La conexión con la afición fue palpable, como se evidenció en el emocionante momento del himno nacional, donde miles de voces se unieron en una misma voz.
Sin embargo, a pesar de la motivación y el respaldo del público, el camino al éxito estuvo lleno de obstáculos. La selección llegó a los cuartos de final, enfrentándose a Alemania en una serie de penales que terminó en lágrimas. “Pudimos haber ganado, pero nos anularon un gol”, comenta Quirarte, añadiendo un toque de nostalgia a su relato.
En cuanto a los desafíos intraequipo, Quirarte descarta los rumores de tensiones, enfatizando que el enfoque era siempre el mismo: “Triunfar como selección”. La cohesión fue crucial para mantener al equipo unido en torno a un objetivo compartido.
Mientras los ojos del mundo se vuelven hacia el Mundial de 2026, el legado de aquel torneo de 1986 sigue vivo. Quirarte observa con atención a la nueva generación de futbolistas que emergen y expresa un optimismo cauteloso sobre el futuro del fútbol mexicano. “La selección tiene ganas de triunfar”, dice, haciendo hincapié en la importancia del apoyo de la afición y el desarrollo de los jóvenes talentos.
Así, la historia de Quirarte y sus compañeros continúa resonando, recordándonos que el fútbol, más que un juego, es un reflejo de la vida misma, entrelazada de dolor, esperanza y unidad. En un contexto de tribulación, la pasión por el deporte puede ser un poderoso motor de cambio, capaz de unir a un país en medio de la adversidad.
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