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Macron declaró a la OTAN en coma cerebral en 2019. Putin la resucitó en 2022 con la invasión a gran escala de Ucrania, que insufló a la alianza una nueva razón de ser y propició su ampliación a Finlandia y Suecia. Ahora, Trump la ha colocado en un estadio intermedio entre la vida y la muerte con su incesante cuestionamiento público.
La legislación estadounidense pone límites a la capacidad ejecutiva de un presidente del país en cuanto a la OTAN: no puede decidir la salida sin el apoyo de dos tercios del Senado y hasta tiene obstáculos para reducir el número de tropas desplegadas en Europa por debajo de cierto umbral. Pero no hace falta una retirada de Estados Unidos o una gran reducción de tropas para matar a la Alianza, porque el fundamento de la misma no es ni su Tratado ni sus medios materiales, sino su credibilidad política, la proyección sin fisuras, dudas y sombras de la certeza que los aliados defenderán a un socio bajo ataque. Esa credibilidad puede quebrarse con simples tuits, diga lo que diga el Senado. Y está quebrada, porque nadie ni dentro ni fuera de la Alianza está ahora convencido de que Estados Unidos haría honor a la cláusula de mutua defensa.
Esta realidad es dramática para los europeos, aunque más para unos que para otros. Como es notorio, Estados Unidos es quien dispone de la capacidad de mando y control conjunto de la Alianza, del paraguas nuclear más creíble, de medios habilitadores fundamentales, de redes satelitales, de tipologías de armamento de precisión que otros no alcanzan. Los europeos no están preparados para sustituir eso en el corto plazo.
Por otra parte, Estados Unidos sigue siendo fundamental en la defensa de Ucrania porque, aunque ya no quiera ofrecer ayuda, sigue suministrando armamento clave bajo compra y, además, información de inteligencia esencial para las operaciones.
Es por ello que ha habido, desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, un consenso mayoritario en Europa alrededor de la idea de intentar mantener en vida el lazo transatlántico incluso a costa de ceder en otras áreas, como la comercial, donde se tenía la fuerza para pelear. Quién escribe ha oído en boca de un relevante político europeo la siguiente definición de la estrategia: “Avanzar en el desarrollo y la coordinación militar europea lo más rápido posible, mantener viva la OTAN cuanto más tiempo posible”.
Pero ahora la OTAN ya no está viva, sino en un estado zombi. Como bien dijo el ministro de Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, no podemos actuar como si las declaraciones de Trump no existieran. Las de otros también deben ser consideradas. La decisión de no permitir el uso de bases para la guerra ilegal contra Irán era justificada, pero ha provocado un giro incluso en dirigentes estadounidenses que, pese a los arreones de Trump, veían la utilidad de la alianza. Todo esto requiere un cambio de paso.
Y la cuestión es que tampoco hemos avanzado rápido. Sí, Europa, en su conjunto, está aumentando el gasto militar, lo que la está dotando de nuevas capacidades. Pero esto no significa mucho mientras no se avance de forma coordinada, mientras sigamos fragmentados, mientras no haya interoperabilidad, mientras no se rellenen vacíos de dotación o de capacidad productiva autóctona en sectores estratégicos, mientras no se vaya perfilando un núcleo de potencial estructura de mando conjunto, mientras proyectos clave como el FCAS ―aviones de combate de nueva generación― y el nuevo carro de combate francoalemán queden estancados. Gastar más mejora poco si no se gasta bien.
Si el diagnóstico de la enfermedad es compartido ―la OTAN es un zombi―, desgraciadamente no hay consenso sobre la cura. Hay quienes abogan por reforzar el pilar europeo dentro de la OTAN y quienes desean avanzar en el marco comunitario. Quienes optan por avanzar en marcos cuanto más amplios posibles y quienes apuntan a la necesidad de progresar rápido en avanzadillas cohesionadas, y que luego que se sumen otros si quieren. La verdad es que estamos en alta mar y el puerto de la seguridad común europea se halla lejos.
En los últimos días y semanas ha habido declaraciones relevantes en esta materia. Zelenski ha señalado que los países de la UE deberían contar con cuatro socios fundamentales extracomunitarios: el Reino Unido, Turquía, Ucrania y Noruega. Por capacidades y ubicación geográfica, está claro que esto tiene un sentido crucial para la seguridad europea. En especial, hay que forjar una correa de transmisión que permita aprovechar el aprendizaje de Ucrania, un elemento que puede ayudar a los europeos a recuperar el atraso que tienen en distintas áreas.
Merz ha abierto el diálogo con Francia para considerar una extensión del paraguas nuclear francés, otro paso positivo, que fue tabú durante décadas.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha vuelto a subrayar su apuesta por un Ejército europeo común, cuanto antes. El foco político sobre la integración de la defensa europea es correcto y bienvenido. Pero, en el caso español, falta robustecer la otra pierna sobre la que necesita andar ese cuerpo: una clara explicación ante la ciudadanía de los peligros que afronta Europa, de las carencias que sufre, del esfuerzo conjunto que será necesario si queremos arreglarlas, y consolidar así la seguridad que es la base de nuestra libertad y prosperidad. EE UU ya no nos la garantiza.
Causa enormes dudas que el 2,1% de PIB invertido en defensa en el que se ha plantado el Gobierno español sea un nivel adecuado para que España contribuya como le corresponde a ese emprendimiento europeo. Ese es el objetivo de gasto que se pactó en la cumbre de la Alianza en 2014. El de hoy es otro mundo. Además, España llega a ese nivel después de décadas de clamorosa infrainversión. Las Fuerzas Armadas españolas deben recuperarse de mucho tiempo de vacas flaquísimas y al mismo tiempo dar el salto hacia este nuevo mundo. El 5% exigido por Trump es un capricho sin fundamento de cálculo. Pero conseguir todo lo que necesitamos para disponer de una fuerza disuasoria autónoma requerirá esfuerzos notables. Esto hay que decirlo, y mucho apunta a que el 2% no lo consigue, salvo si se espera que otros hagan los deberes. Países como Polonia o Alemania están produciendo enormes esfuerzos. Pero, igual que España ha reclamado solidaridad en otras circunstancias, debe ahora proporcionarla a quienes están expuestos (y considerar más a fondo sus propios riesgos de futuro, con un Marruecos con reivindicaciones territoriales y respaldado por Trump y Netanyahu).
Como también dijo Sikorski, no hace falta que los europeos nos convirtamos en tan fuertes militarmente como EE UU; pero sí necesitamos serlo tanto como para disuadir a Rusia. Aquí, una objeción habitual es apuntar a que Moscú no invadirá Polonia con tanques, que no hace falta preocuparse tanto. Sin duda, es más probable que las próximas víctimas sean países como Georgia o Moldavia. Ahora bien, Putin lleva una vida soñando y buscando la ruptura de la OTAN y la reconstitución del imperio ruso. Ahora se halla desgastado en Ucrania, pero en caso de una congelación de ese conflicto su país en modo máquina de guerra tardaría poco en regenerar poderosas capacidades, bajo un mando único y con experiencia de combate. Estar seguros de que no vaya a aprovechar un momento de división de la Alianza para intentar algo —tal vez de forma híbrida— contra uno de sus socios más pequeño es asumir un riesgo enorme. ¿Qué ocurriría si agrede a Estonia? ¿Nos lavamos las manos como haría Trump? Es una perspectiva demasiado peligrosa para simplemente descuidarla, y es por ello que nadie serio la descuida. Tener capacidades materiales y coordinación para disuadirlo es una inversión en contra de un riesgo letal.
No hay que precipitar la muerte definitiva de la OTAN: sería un autogolpe. Pero hay que hacer crecer una industria a escala continental, reducir la fragmentación de sistemas, espolear la interoperatividad, plasmar núcleos de mando y control comunes que puedan desarrollarse si hace falta —por ejemplo, tomando como base pequeños grupos de combate conjuntos que ya existen— y dotarse de los sistemas habilitadores de los que no contamos —desde aviones cisterna a redes satelitales—. El 5% caprichoso del emperador es un disparate. El 2% probablemente no basta.
Los europeos occidentales hemos vivido en un paréntesis de la historia en el cual estuvimos durante algunas décadas a resguardo de la violencia de la política de potencias. El paréntesis se acabó. Hay que asumirlo. Los políticos europeos tienen que explicarlo claramente a la ciudadanía, y actuar en consecuencia, abandonando miopes intereses nacionales y mezquinos intereses de partido.
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