El colesterol y los triglicéridos son dos tipos de grasas que circulan en nuestro sistema sanguíneo, desempeñando roles vitales en la salud cardiovascular. Mantener estos lípidos en niveles adecuados es esencial para proteger las arterias, mientras que un aumento en sus concentraciones incrementa considerablemente el riesgo cardiovascular.
Los chequeos médicos de rutina son oportunidades clave para evaluar estos niveles y prevenir enfermedades antes de que se presenten síntomas evidentes. En México, esta problemática es alarmante: según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut), un preocupante 30.6% de los adultos tiene un diagnóstico previo de exceso de colesterol en la sangre. Además, la Encuesta Nacional de Enfermedades Crónicas (Enec) revela que al menos el 24.4% de los adultos entre 20 y 69 años presentan niveles altos de triglicéridos.
A menudo, estos problemas metabólicos avanzan de manera silenciosa, especialmente en un contexto donde el infarto y las enfermedades cardiovasculares son una de las principales causas de muerte. Por eso, entender la diferencia entre colesterol y triglicéridos es fundamental. El colesterol, una sustancia cerosa, es esencial para la producción de hormonas, vitamina D y ácidos biliares que ayudan con la digestión. Por su parte, los triglicéridos funcionan como una reserva de energía, convirtiendo el exceso calórico en este tipo de grasa que se almacena en el tejido adiposo.
La elevación de ambos puede resultar perjudicial. Cuando el colesterol y los triglicéridos superan los valores normales, se pueden acumular en las paredes de las arterias, favoreciendo la aterosclerosis, un estrechamiento de los vasos sanguíneos que eleva el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares. La relación entre los niveles altos de triglicéridos y colesterol es crucial, ya que ambos juntos incrementan el daño cardiovascular.
Para poner en perspectiva estos niveles, se definen rangos específicos: los triglicéridos son considerados normales si están por debajo de 150 mg/dL, mientras que cualquier valor superior puede ser clasificable como límite alto, alto o muy alto. En cuanto al colesterol, el LDL (considerado “malo”) debería estar idealmente por debajo de 100 mg/dL, el HDL (el “bueno”) debería ser superior a 40 mg/dL en hombres y 50 mg/dL en mujeres, y el colesterol total se considera deseable alrededor de 150 mg/dL.
Los factores que elevan estas grasas en la sangre son variados. Un colesterol elevado generalmente se asocia a dietas ricas en grasas saturadas y trans, sedentarismo, tabaquismo, y condiciones como la diabetes tipo 2. Por otro lado, los triglicéridos elevados suelen estar relacionados con un alto consumo de azúcares, alcohol y porciones grandes, así como la falta de actividad física.
Es vital actuar sobre estos parámetros antes de que se conviertan en un grave problema de salud. Existen varias recomendaciones que pueden ayudar: reducir el consumo de azúcares refinados y bebidas azucaradas, limitar el alcohol, priorizar una dieta rica en frutas, verduras y granos integrales, optar por grasas saludables y controlar las porciones.
La prevención es clave, ya que las enfermedades cardiovasculares no aparecen de manera repentina; son el resultado de hábitos poco saludables mantenidos a lo largo del tiempo. No obstante, implementar pequeños cambios en nuestra dieta y estilo de vida puede reflejarse en mejoras significativas en los análisis en cuestión de meses. El esfuerzo por mantener un corazón sano puede comenzar hoy mismo, mediante decisiones informadas sobre alimentación y actividad física. La salud cardiovascular podría depender de ello, y cada acción cuenta.
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