Marx Arriaga, exdirector de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP) en Ciudad de México, se encuentra atrincherado en su oficina desde hace cuatro días. Entre las paredes semivacías, cuelga un cartel que agradece su labor por introducir la crítica social en la educación. El ambiente es tenso; mientras algunos trabajadores se acercan con curiosidad, Arriaga permanece concentrado en firmar documentos, preocupado por que sus compañeros no cobren sus salarios.
Inside, su oficina contiene mobiliario básico y algunos libros. A pesar del movimiento constante de colaboradores y la llegada de comida, la incertidumbre persiste. Un compañero de trabajo señala que en el gobierno todos saben que los ciclos se cierran, anticipando, así, lo que podría ser el final para Arriaga.
En declaraciones recientes, Arriaga enfatiza que su resistencia no es un acto de rebeldía personal, sino una lucha pedagógica. Manifiesta su intención de continuar su labor docente, independientemente de su estado laboral actual. Sobre su sucesora, Nadia López García, expresa que no la conoce y que el futuro de la Nueva Escuela Mexicana, un enfoque que busca una educación popular y crítica, dependerá de la dirección que tome la nueva gestión.
La presidenta Claudia Sheinbaum, en conferencias matutinas, reconoció el trabajo que Arriaga realizó en la creación de los libros de texto. Sin embargo, su relación se deterioró debido a desacuerdos sobre las modificaciones a los contenidos. Arriaga ha expresado su desacuerdo con la visión que propone la SEP, que considera neoliberal, al proponer cambios que eliminan contenidos esenciales sobre la memoria histórica de México, como la matanza de 1968 y las desapariciones de estudiantes.
Algunos trabajadores, que han solicitado mantener su anonimato, han permanecido en la oficina de Arriaga, expresando su lealtad y reiterando que no han recibido notificaciones formales sobre su despido ni instrucciones claras de la nueva dirección.
Mientras los días avanzan, el ambiente en la SEP sigue siendo uno de expectativa y cautela. Aunque la oficina de Arriaga se vacía lentamente, él ha afirmado que permanecerá en su espacio “tres o cuatro días más”, entre ironías sobre la burocracia necesaria para formalizar su salida. La situación representa un cruce entre la educación y la política en un contexto donde cada decisión toma un peso significativo en el futuro de miles de estudiantes en México.
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