La dictadura de Cuba se encuentra actualmente atrapada en un callejón sin salida, un fenómeno sin precedentes en su historia de 67 años. A diferencia de sus interacciones con presidentes anteriores como Carter, Clinton y Obama, quienes buscaron el diálogo y terminaron siendo engañados, la postura de la administración Trump, con la influencia de Marco Rubio, deja claro que no hay más concesiones. La única alternativa sobre la mesa es una rendición total del régimen cubano.
Desde que Jimmy Carter propuso un acercamiento con Fidel Castro en 1977, eliminando restricciones de viaje y estableciendo Secciones de Intereses, el régimen ha mostrado un desdén absoluto hacia cualquier intento de diálogo. Aquel esfuerzo resultó en la liberación de algunos prisioneros políticos, pero fue una medida que se tradujo en el envío a Estados Unidos de delincuentes comunes y espías, con más de 125,000 personas involucradas en el éxodo del Mariel.
La llegada de Bill Clinton a la Casa Blanca en 1993 trajo un enfoque pragmático, pero las acciones del régimen siguieron siendo agresivas. La respuesta a sus intentos de diálogo fue el derribo de dos aviones pertenecientes a la organización Hermanos al Rescate, un crimen que quedó sin castigo. Aunque Clinton firmó la Ley Helms-Burton y reforzó sanciones, también flexibilizó el comercio y estableció iniciativas migratorias, lo que no impidió que la represión y el asesinato continuaran.
Con Barack Obama, el enfoque fue aún más favorable al régimen. Se abrieron embajadas y el presidente viajó a La Habana, estrechando la mano de Raúl Castro, quien se burló ante las promesas de mejorar la situación en la isla, negando la existencia de prisioneros políticos. Durante esta época, la dictadura continuó con la represión, incluso siendo responsable de la muerte del líder opositor Oswaldo Payá.
El cambio en la administración a Trump, junto con el apoyo clave de Rubio, vislumbra un nuevo escenario. Por primera vez, se establece claramente que el futuro de la dictadura cubana puede ser una transición forzada. Las negociaciones actuales giran en torno a este cambio inminente, y no hay margen para tratar con un régimen que ha agotado todas las opciones de concesiones.
La posibilidad de que la dictadura caiga no es cuestión de “si”, sino de “cuándo”. La pregunta persiste: ¿será una salida pacífica o una intervención más drástica como la observada en el caso de Nicolás Maduro en Venezuela? Lo que se deja claro es que las políticas de concesión, al estilo Obama, ya no son viables.
Las recientes declaraciones de Miguel Díaz-Canel, junto con la atención del nieto de Raúl Castro, quien aparentemente dictó cada palabra con cuidado, indican una desesperación palpable dentro del régimen. Esta desesperación se ve exacerbada por la posibilidad de una victoria demócrata en las próximas elecciones, lo cual podría reavivar discusiones sobre levantar sanciones, permitiendo al régimen sobrevivir otros 67 años.
El tiempo es crítico. Cualquier acción que Estados Unidos deba llevar a cabo para asegurar la libertad de Cuba debe ocurrir antes de que se produzcan cambios en el Congreso. Esta ventana de oportunidad se presenta como un punto crucial para debilitar los cimientos de la dictadura más longeva y violenta de América Latina. La historia continúa escribiéndose, y el desenlace de esta confrontación podría llegar más pronto de lo que muchos esperan.
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