Imagínese limpiando una casa de campo que ha estado cerrada durante meses. Mientras barre el polvo, inhala sin saberlo partículas virales microscópicas provenientes de excrementos de ratón. Semanas después, desarrolla fiebre elevada y sus pulmones comienzan a llenarse de líquido. Este inquietante escenario es asociado al síndrome pulmonar por hantavirus (SPH), una enfermedad grave y potencialmente mortal.
Históricamente, se creía que los hantavirus sólo infectaban a los humanos como “hospedadores terminales”, sin capacidad de transmisión entre personas. Sin embargo, el hantavirus Andes, presente en Chile y Argentina, desafía esta regla. Este virus, que ha sido responsable de brotes notables, incluyó uno reciente en el crucero MV Hondius. Aunque la transmisión entre humanos es rara y requiere contacto estrecho, su posible existencia plantea importantes preguntas sobre su funcionamiento.
El hantavirus Andes es endémico de la Patagonia, llevando como portador natural al ratón colilargo. El descubrimiento de su capacidad de transmisión entre humanos se realizó en 1996 durante un brote en Epuyén, Argentina. En ese momento, los epidemiólogos notaron que médicos y familiares de pacientes enfermos comenzaban a mostrar síntomas, aunque no habían estado en contacto directo con los roedores. Esto se volvió a confirmar entre 2018 y 2019, cuando otro brote dejó decenas de contagiados y una tasa de mortalidad alarmante, cercana al 30%. Investigaciones posteriores revelaron que varios pacientes estaban infectados con virus genéticamente idénticos, lo que apoyó la teoría de transmisión directa.
Estudios recientes han descubierto que el virus Andes provoca una viremia significativa y prolongada durante la fase aguda de la enfermedad. Esto significa que grandes cantidades del virus están presentes en la sangre y pueden distribuirse a otros fluidos corporales. Investigaciones han identificado ARN viral en saliva, secreciones respiratorias y fluido gingival, encontrando en algunos casos partículas infecciosas capaces de infectar células en laboratorio. Además, este hantavirus puede infectar células del tracto respiratorio, lo cual significa que el virus se libera en los pulmones y la garganta, facilitando su transmisión a través de microgotas.
Una de las características más alarmantes del hantavirus Andes es su eficacia en bloquear la respuesta antiviral inicial del sistema inmunológico, lo que permite que el virus se replique sin ser detectado. El periodo de incubación suele ser de dos a tres semanas, aunque puede extenderse hasta más de 40 días. Durante esta fase, la persona infectada puede presentar síntomas muy leves y continuar con su vida habitual, propiciando un contexto ideal para la transmisión a otros individuos.
Si bien la posibilidad de contagio humano es real, el riesgo para la población general permanece bajo. El virus Andes no se transmite con la misma facilidad que el SARS-CoV-2, requiriendo contacto cercano y prolongado para contagiarse. No obstante, las medidas de salud pública, como el aislamiento de casos y la protección del personal sanitario, han demostrado ser fundamentales para controlar su propagación.
Este virus presenta una oportunidad única para investigar cómo un agente zoonótico puede adaptarse para transmitirse entre humanos. Comprender sus mecanismos es crucial para anticipar futuros riesgos, mejorar la vigilancia epidemiológica y desarrollar herramientas diagnósticas más efectivas. En un mundo donde la aparición de virus zoonóticos está en aumento, el hantavirus Andes es un recordatorio de que la frontera entre la fauna y los humanos es más permeable de lo que muchos podrían imaginar.
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