Aquella tarde, una aparente sonrisa en el rostro de mi madre contrastaba con la incapacidad de un lado de su cara para replicar la expresión. Mi hijo, Jerónimo, fue el primero en notar la anomalía. Con la agudeza que caracteriza a los jóvenes, observó que algo no encajaba y, antes de que nadie mencionara palabra, identificó la situación.
“Meme, levanta los dos brazos”, le dijo. Ella intentó hacerlo, pero uno de sus brazos apenas se movió. Ese momento fue crucial; Jerónimo salvó minutos preciosos en una emergencia cerebrovascular donde cada segundo cuenta.
Lo que nuestra familia experimentó esa semana no es simplemente un incidente aislado, sino un reflejo de la fragilidad del cuerpo humano y de un sistema de salud que con frecuencia se encuentra desbordado. En el hogar, en un día cualquiera, estas realidades se presentan de manera abrupta, desafiándonos a confrontar nuestra vulnerabilidad.
El infarto cerebral, conocido como “stroke”, ocurre cuando se interrumpe el flujo sanguíneo al cerebro, ya sea por un coágulo o una hemorragia. Este proceso desencadena la muerte de millones de neuronas en cuestión de segundos, lo que hace que la frase “el tiempo es cerebro” no sea una mera metáfora, sino una instrucción crítica.
El acrónimo R.A.P.I.D.O. debería ser un recordatorio constante en cada hogar, escuela y lugar de trabajo:
- Rostro caído: una parte de la cara se desploma.
- Alteración del equilibrio: mareos o inestabilidad.
- Pérdida de fuerza: en un brazo o pierna.
- Impedimento visual: visión borrosa o pérdida de la vista.
- Dificultad para hablar: palabras arrastradas o incoherentes.
- Obtener ayuda rápida: actuar inmediatamente ante cualquiera de estos signos es esencial, ya que cada minuto sin tratamiento implica la muerte de aproximadamente dos millones de neuronas.
No es un mito; el infarto cerebral no discrimina por edad ni constituye una rareza. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, es una de las principales causas de muerte y discapacidad en América Latina, con un incremento del 70% en la incidencia global entre 1990 y 2021. En México, el 87% de las muertes por esta causa se producen en países de ingresos bajos y medios.
En nuestro país, la hipertensión arterial se reconoce como el factor de riesgo más común, presente en más del 70% de los pacientes. Esto es seguido por la diabetes, el tabaquismo, la obesidad abdominal, y otros factores que, en su mayoría, son prevenibles o manejables. Sin embargo, el enfoque es reactivo más que preventivo, lo que plantea un desafío considerable.
Al llegar al hospital, mi familia se topó con un sistema saturado, donde la espera por atención y los espacios disponibles son inadecuados. El tratamiento estándar para un infarto cerebral isquémico requiere acción en un plazo de hasta cuatro horas y media desde el inicio de los síntomas. Ese tiempo vital se pierde en la búsqueda de una cama disponible, en la ineficiencia del sistema.
La recuperación tras un infarto cerebral es un proceso complejo que exige tiempo y esfuerzo tanto del paciente como de sus seres queridos. El cerebro, gracias a su neuroplasticidad, ofrece la esperanza de recuperar habilidades, pero esto requiere un enfoque multifacético que incluye fisioterapia, terapia ocupacional, fonoaudiología y, fundamentalmente, un apoyo psicológico sólido.
El impacto de un infarto cerebral no solo se limita al cuerpo; afecta la identidad de quien lo padeció. Este proceso conlleva también un duelo por lo que se ha perdido. Reconocer y apoyar este duelo es crucial para facilitar una recuperación significativa.
Los cuidadores, a menudo invisibilizados en este proceso, enfrentan presiones similares, con altas tasas de trastornos del sueño y depresión. Por consiguiente, su bienestar es igualmente vital.
La prevención debe ser proactiva. Chequear la presión arterial, controlar los niveles de glucosa, adoptar un estilo de vida activo y aprender a manejar el estrés son fundamentales.
Mi madre se encuentra en recuperación y mi hijo ha aprendido que los conocimientos médicos son esenciales para todos, no solo para los profesionales de la salud. Esta experiencia me impulsa a compartirlo, porque las historias no solo informan; también sanan.
La importancia de cuidar de nuestra salud es un mensaje que debe resonar hoy. En cuestiones de bienestar, cada acción cuenta.
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