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El expresidente Mariano Rajoy parece no saber qué cosa es ser francés ni qué significa serlo. Su bochornosa observación de que la selección de Francia juega muy bien al fútbol —sagaz observación— , aunque “eso sí, sin franceses”, debe verse como un comentario simple y llanamente racista, y es escandalosamente indigno de lo que este hombre debería representar por el cargo que detentó, por el decoro y la prudencia que la condición de expresidente de todos los españoles debería conllevar. No sé si la justificada tormenta de reproches, críticas y vergüenza ajena que ha generado semejante estupidez ha pillado al Partido Popular a contrapié. Al fin y al cabo, el PP acaba de rechazar en el Senado la ratificación del Tratado de Amistad con Francia. No son detalles menores. No es Rajoy haciendo una bromita de copa y puro. No es solo el PP ejerciendo una oposición a por todas, caiga quien caiga, se rompa lo que se rompa. Igual se creen que con ellos en el poder las aguas volverán a su cauce. Vana ilusión. La voxización de la derecha española implica inevitablemente la renuncia a la centralidad, a una hegemonía. La prueba demoscópica es que con una izquierda desaparecida en el fondo de su ombligo y con un PSOE achicharrado por los casos de corrupción —con y sin lawfare—, el PP parece estancado y es Vox quien va mejorando sus expectativas.
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