El yen japonés ha experimentado una devaluación significativa en las últimas semanas, alcanzando niveles que no se observaban desde hace más de cuatro décadas. Tras lo que parece ser el fin de la guerra en Medio Oriente, el dólar estadounidense ha recuperado su preeminencia frente a otras monedas de países desarrollados, lo que está teniendo un impacto considerable en los mercados cambiarios.
Este cambio de tendencia se aleja de la narrativa que predominó en el año anterior, y se anticipa que esta situación perdurará durante el segundo semestre de 2026. En este contexto, resulta importante recordar el concepto de “debasement trade”, una estrategia que buscaba beneficiarse de la devaluación del dólar frente a otras divisas. Este término cobró relevancia a principios de 2025, cuando el gobierno de Estados Unidos, bajo la administración de Trump, inició una guerra comercial y presentó un ambicioso plan fiscal que incrementó el déficit en sus primeros años.
Durante ese período, los temores generados por las medidas radicales del gobierno llevaron a numerosas corredurías a recomendar a los inversores reducir su exposición a Estados Unidos, favoreciendo otras regiones como Europa y Asia. Este movimiento resultó en rendimientos elevados en dichos mercados y provocó un aumento significativo en los precios del oro y la plata.
Sin embargo, la dinámica de este año ha cambiado drásticamente por varios factores:
1. La política fiscal en países como Japón y Europa ha dado paso a grandes déficits fiscales, especialmente en Japón, donde el gobierno de Sanae Takaichi busca estimular la economía mediante un fuerte aumento del gasto público.
2. La citada guerra en Medio Oriente ha incentivado a muchas naciones a asegurar sus fuentes de energía, lo que se traduce en un aumento del gasto público.
3. El temor a los efectos inflacionarios provocados por el aumento temporal del precio del petróleo ha llevado a un incremento de las tasas de interés en varias regiones.
4. La nueva presidencia de la Reserva Federal de EE. UU. ha adoptado una postura decididamente restrictiva, priorizando la “estabilidad de precios” frente a una inflación que se resiste a ceder. Este enfoque ha desechado anteriormente anticipadas reducciones en las tasas de interés, generando expectativas de elevaciones antes de que finalice el año.
Estos factores han fortalecido la posición del dólar y han llevado a una caída en los precios de metales preciosos considerados como refugio, así como en el valor de las criptomonedas y varias divisas frente al dólar.
La tendencia alcista del dólar parece tener un carácter estructural en el corto y mediano plazo, impulsada en gran medida por la política de la Reserva Federal. Bajo el liderazgo de Kevin Warsh, el banco central estadounidense ha priorizado la lucha contra la inflación, añadiendo presión sobre el mercado.
Particularmente notable es el caso del yen. A pesar de que el Banco de Japón ha elevado su tasa de interés, estas permanecen notoriamente bajas en comparación con los estándares internacionales. El gobierno japonés inyectó cerca de 74,000 millones de dólares en el mercado durante mayo en un intento por frenar la devaluación, pero los esfuerzos no lograron el impacto esperado.
La caída del yen tiene graves repercusiones en los precios de importación, especialmente en términos de energía, lo que repercute en la inflación local. Esto implica que se prevé un aumento adicional de tasas, aunque su efectividad podría verse comprometida si la Reserva Federal continúa incrementando sus tasas en simultáneo.
La divergencia entre las políticas monetarias, con un Banco de Japón que avanza con cautela en su normalización en contraste con una Fed que endurece su postura, sugiere que la supremacía del dólar persistirá. La revalorización del dólar podría ser el fenómeno más destacado en los mercados globales durante la segunda mitad del año, especialmente si la Reserva Federal se vuelve aún más agresiva.
Dado este panorama, parece complicado evitar que el peso mexicano enfrente una tendencia de devaluación, particularmente si el Banco de México mantiene su tasa de interés en los niveles actuales. La diferencia con las tasas internacionales se vuelve mínima, dejando a la moneda mexicana vulnerable ante un escenario financiero global en transformación.
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