El pasado domingo, la elección presidencial en Colombia arrojó un resultado sorpresivo que resuena en toda América Latina. Abelardo de la Espriella, conocido como “el Tigre”, se proclamó vencedor con un 49.66% de los votos, superando por estrechísima margen a Iván Cepeda, quien alcanzó el 48.70%. La diferencia de apenas 0.96 puntos porcentuales se convierte en la más ajustada en la historia electoral de este país. A pesar de que Cepeda ha anunciado su intención de impugnar 33,000 mesas electorales, ha decidido aceptar los resultados definitivos. De la Espriella tomará posesión el próximo 7 de agosto, marcando un giro en la política colombiana.
La victoria de De la Espriella no pasó desapercibida en el circuito político internacional. Donald Trump celebró el resultado a través de sus redes sociales, caracterizándolo como “grande”, mientras que figuras como Marco Rubio y Javier Milei aplaudieron el triunfo. Este contexto suma a un bloque de líderes latinoamericanos que, desde diferentes países, muestran un claro movimiento hacia la derecha. En el caso de Perú, Keiko Fujimori se perfila como la posible ganadora, marcando otro punto en la tendencia continental.
Sin embargo, en México el clima es diferente. A pesar de las preguntas sobre un eventual giro hacia la derecha, la historia política del país sugiere que esto es poco probable. Mientras Colombia y Argentina tienen un pasado que oscila entre gobiernos conservadores y dictaduras, México ha tenido una narrativa distinta. La derecha en México ha sido tradicionalmente una minoría y, durante años, una etiqueta asociada a la toxicidad política. Los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón llegaron al poder ofreciendo una alternancia democrática, sin una verdadera revolución ideológica.
La oposición actual en México enfrenta varios déficits. Tanto el PAN como el PRI y el Movimiento Ciudadano operan sin un proyecto claro y carecen de una estrategia solidaria. Aunque estos partidos aún controlan presupuestos y algunas gobernaturas, están desgastados y carecen de una narrativa sólida que los una. Por su parte, Morena ha consolidado su dominio en la mayoría de los estados, absorbiendo la estructura territorial que antes pertenecía al PRI.
Frente a este panorama, nuevas agrupaciones como Vida y Somos México están a la espera del registro por parte del INE. Sin embargo, incluso si obtenían reconocimiento, se enfrentan a una realidad: su presencia es limitada y carecen de una estructura territorial sólida. Un electorado conservador en México ha mostrado preferencia por propuestas de orden y planes concretos, sin identificarse abiertamente como parte de la derecha, lo que complica la construcción de una identidad política clara.
Con miras al 2030, se vislumbran tres posibles escenarios: una derecha reagrupada en torno al PAN y Movimiento Ciudadano que podría presentar un candidato competitivo; una ultraderecha que emergiera como respuesta al descontento social; o una figura ajena a la política tradicional que utilice un partido existente como plataforma. Sin embargo, todos estos escenarios comparten la misma limitación: la falta de una estructura territorial robusta y la dificultad de convencer a un electorado que no se ha sentido representado por una derecha explícita.
En resumen, mientras Colombia y otros países de la región dan un giro a la derecha, la situación en México parece distinta. La historia política y las dinámicas actuales sugieren que el triunfo de una derecha explícita en México es, por el momento, una posibilidad remota.
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