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Recordemos que es cada cuatro años. Disfrutemos y suframos el Mundial por razones deportivas, no políticas. Alguien decía con mucha razón que al asistir a la ópera había que dejar en el guardarropa dos cosas: el abrigo y el sentido común. Una vez adentro, había que entregarse a un mundo paralelo en el que reina una lógica ajena y no dejar que la incredulidad arruine la oportunidad de apasionarnos, sufrir raptos de alegría y exaltaciones que la vida cotidiana no suele deparar. Miles de millones de personas colgarán a sus selecciones sueños y esperanzas, aunque sean injustificadas y los antecedentes no ofrezcan alguna razón para sustentarlas. Qué más da. ¿Quiénes serán los héroes y villanos? El Iniesta del gol consagrado para la posteridad; el penalti fallado que hará irrelevante la vida anterior o posterior de un jugador; el zarpazo que pudo haber cambiado la historia y cuya reproducción hasta la náusea habitará para siempre en las noches insomnes de un delantero.
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