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Cuando un Papa dice sobre la IA lo que ningún gobierno democrático se atreve a decir con la misma autoridad, la pregunta no es en qué acierta la Iglesia, sino qué ha dejado de hacer la política. La misma mañana en la que Pedro Sánchez visitaba el Vaticano y agradecía a León XIV su encíclica Magnifica humanitas por su llamamiento a desarmar la IA, a someterla al control público, a devolver a la persona al centro, la UCO entraba en Ferraz. Ni siquiera importa cuál de las dos escenas retrata mejor nuestro tiempo. ¿Por qué la palabra política ha dejado de obligar por sí misma y necesita tomar prestada su autoridad de otra parte? Pero conviene un matiz sobre la encíclica. El papa Prevost diagnostica el síntoma, no la enfermedad. Pide “volver a poner a la humanidad en el centro”, como si lo que estuviera en juego fuese una esencia humana amenazada por la técnica. La IA no pone en riesgo lo que somos, sino lo que existe entre nosotros: las condiciones materiales de la conversación, los hechos que aceptamos juntos, las instituciones que arbitran cuando no nos ponemos de acuerdo, el lenguaje que sirve para describir lo mismo y no para anularlo. El problema no es esencialista, sino político; no es nuestra falta de humanidad, sino de mundo. Por eso es preocupante que el diagnóstico, aun parcial, llegue de Roma y no del campo democrático. Cuando quienes deben producir el lenguaje político dejan de hacerlo, el lugar no se queda vacío. Lo llena lo que tiene autoridad propia y no necesita la del juego democrático: una iglesia, un mercado, una plataforma, un caudillo.
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