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Sería injusto pedirles a nuestros expresidentes que se recluyeran en la chacra, volvieran a conducir su viejo Volkswagen escarabajo y se dedicaran a leer a Montaigne al atardecer. Se sabe que cuando dejan el cargo les espera un vacío enorme, ciertas prebendas y un enorme equipaje de influencias, aunque nadie sabe muy bien qué hacer con ellas. La imputación de Zapatero marca un hito, pero habíamos rozado la raya varias veces. Hace apenas unos meses, saltó a la luz una denuncia de abusos sexuales a una menor por parte del expresidente Adolfo Suárez. El testimonio parecía sólido y bien fundamentado. La prescripción judicial invitó a la prensa a dormir el asunto, en algo tendría que favorecerte estar muerto. Suárez también vivió en sus carnes las salpicaduras de la financiación de su partido CDS y aquella amistad con el banquero Mario Conde, definido por el rey emérito en sus memorias como una mala influencia. Ay, las influencias. Felipe González, el más relevante de nuestros presidentes democráticos, terminó su mandato rodeado de casos de corrupción, aunque fue la guerra sucia de los GAL la que le acercó más al zarpazo judicial. Aún pesa en la memoria aquella pregunta del periodista Iñaki Gabilondo en una entrevista televisiva: “¿Es usted el señor X?“ Porque ese era el apelativo con que se designaba al político de más rango en aquella trama. Su cúpula de Interior, policías y guardias civiles fueron condenados a penas de cárcel y posteriormente amnistiados.
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