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X me cuenta que ha terminado de escribir una novela; cuando le pregunto cuándo la publicará, tuerce el gesto. “No sé”, suspira. “La verdad es que me da una pereza…”. X es una mujer con una trayectoria literaria muy relevante, que lleva una vida austera y no tiene urgencias de dinero; también es una persona tímida y sensible, sin ansias de protagonismo. “Escribir es fantástico, la verdad es que no conozco nada mejor. Pero publicar… Uf, menudo lío”.
Lleva razón: no hay casi nada mejor que escribir un libro; pero publicarlo, para un escritor conocido, es otro cantar. No me refiero al deber de participar en una maratón de actos públicos y conceder montañas de entrevistas, con el temor permanente de estar interpretando “el grotesco papelón de literato” (por decirlo como Sánchez Ferlosio) y el riesgo consiguiente de acabar convertido en un mercachifle de uno mismo. Me refiero a que, si el libro no funciona, malo; pero si el libro funciona, malo también. Si el libro no funciona y la gente no lo lee, o lo lee y no le gusta, te sientes como un estafador: por muy convencido que estuvieses del libro, sospechas que te equivocaste, que lo que escribiste no merecía la pena, que engañaste a tus editores y tus lectores, que te engañaste a ti mismo, que eres un escritor de pacotilla (como siempre has sospechado), que todos los desprecios que recibe el libro son demasiado benévolos y que deberían colgarte del cimborrio de la catedral de tu ciudad, por gilipollas. Pero, como digo, si el libro funciona, malo también. Cuentan que, tras cada éxito teatral que cosechaba, Miguel Mihura reaparecía en su tertulia fingiendo una cojera aparatosa, para que los amigos lo compadeciesen por su percance ficticio y le perdonasen su fortuna real. ¡Dios santo, cuánta sabiduría atesoraba el autor de Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario! Quiero decir que, si el libro funciona, prepárate para vivir en el escaparate, expuesto a todo; hay quien disfruta con eso, claro está, o cree que disfrutaría, porque no sabe lo que es: no sabe que, una vez a la vista de todos, dispararán contra ti con toda la artillería, agarrándose a cualquier cosa que hayas dicho (o que no hayas dicho, o que digan que has dicho), maldecirán de ti y de tu libro, a veces sin haberlo leído o habiéndolo leído con el célebre método Kennedy, aquel que permitió a un personaje de Woody Allen leer las 1.000 páginas de Guerra y paz en media hora y concluir: “Va de Rusia”. En suma, si el libro es un éxito, prepárate para encajar toda clase de vejaciones e improperios, lo que hundirá tu autoestima: concluirás que quienes llevan razón no son los que te alaban, sino los que te denigran. “Por cada elogio que recibas, recibirás cuatro ataques”, le advirtió el viejo Pablo Neruda al joven Vargas Llosa. (Sobra decir que, gracias a internet y las redes sociales, la proporción de ataques se ha multiplicado). Hace tiempo, una de mis novelas tuvo la suerte de recibir un galardón muy popular y, al llegar la Navidad, un notorio digital español la nombró peor libro del año; aunque la novela fue premiada luego en el Reino Unido y Francia, el nombramiento me pareció justísimo (yo declararía todos mis libros sin excepción el peor libro del año; además, ya se sabe que estos extranjeros no se enteran de nada); lo único raro es que, según el propio digital, su reconocimiento fue el resultado de una encuesta en la que no participaron más que dos personas, una de las cuales confesaba no haber pasado de las primeras páginas de la novela.
¿Por qué publicar, entonces? ¿Por qué no limitarse a escribir? “Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos”, escribió Borges. “Es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Nadie en su sano juicio pretende haber escrito un clásico, pero todos los escritores aspiramos al fervor y la lealtad del lector. Por eso hay que publicar: porque los protagonistas de la literatura no somos los autores; son los lectores: ellos son los propietarios auténticos de los libros. Los escritores no tenemos ningún derecho a hurtárselos.
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