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Pese a acabar levantándose de la mesa por falta de acuerdo, la presencia del vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, este sábado en Islamabad para negociar el fin de la guerra contra Irán ha reforzado su papel en a Administración de Donald Trump, frente a la tradicional invisibilidad de los números dos. Vance se ha convertido en la figura central de los esfuerzos por mantener lo que muchos llaman una tregua, pero que en las amenazadoras palabras de Trump suena más a prórroga de dos semanas del ultimátum que el martes dio a Teherán: dinamitar una civilización milenaria si no reabre el estrecho de Ormuz al tránsito de buques comerciales. El diálogo de este sábado, no obstante, no ha colapsado, y pende ahora de la “oferta final y definitiva” que Vance ha hecho a Teherán.
El martes, mientras el mandatario bramaba en Truth Social con amenazas apocalípticas, Vance mantenía entre bastidores un intenso diálogo con los negociadores de Pakistán, artífices oficiales —también China lo ha sido, disimuladamente— del frágil acuerdo de alto el fuego.
La implicación personal y política de Vance obedecía a su escepticismo ante una guerra que la gran mayoría de analistas internacionales consideran que nunca debió empezar. En ese conflicto, el vicepresidente ha puesto las luces largas (su posible candidatura a la presidencia de EE UU en 2028) pero también ha mirado por el retrovisor: como veterano de la guerra de Irak, bien sabe lo que es meterse en guerras que acaban convertidas en ciénagas.
La presencia de Vance en las negociaciones, además, da fuste al par de enviados habituales de Trump, influyentes pero amateurs en cuestiones de alta diplomacia: Jared Kushner y Steve Witkoff, yerno y amigo íntimo del presidente, respectivamente; y ambos con intereses empresariales en la región.
Las profundas reservas de Vance respecto a las intervenciones militares en el extranjero parecen haberle otorgado credibilidad ante los funcionarios iraníes, quienes habían perdido la confianza en Kushner y Witkoff tras las conversaciones fallidas que tuvieron lugar antes del conflicto. “Nivel de confianza nulo”, subrayó el titular de Exteriores iraní, Seyed Abbas Araghchi, sobre las tentativas de Witkoff, conocido también por ser compañero de golf de Trump.
Nadie dentro del círculo íntimo del presidente estaba más preocupado ante la perspectiva de una guerra con Irán —ni hizo más por desaconsejarla— que Vance, según informó el martes el diario The New York Times. El rotativo desgranó en una crónica la reunión de alto nivel celebrada en febrero y en la que el vicepresidente advirtió supuestamente de que una guerra contra Irán podría desatar el caos regional, distanciar a los partidarios de Trump y agotar las reservas de armamento de EE UU: a tenor de lo que ha ocurrido desde entonces, acertó de pleno.
El vicepresidente, según The New York Times, también consideraba que una guerra para forzar un cambio de régimen fracasaría, por lo que abogó por una acción limitada pero contundente, consciente de que Trump tenía la intención de intervenir en cualquier caso. Dos meses después —y tras seis semanas de guerra que han puesto el mundo patas arriba—, Vance parece haberse convertido en la figura clave para poner fin al conflicto. Sus tesis coinciden con las de muchos expertos de los departamentos de Estado y de Defensa, con la lección bien aprendida de las experiencias fallidas en Irak y Afganistán —y mucho antes, Vietnam—, pero cuyos consejos Trump desestimó, según esa información periodística, para hacerse eco de los cantos de sirena de Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí y principal defensor de la guerra.
En los días previos al ultimátum del martes, Trump ya había autorizado a Vance a comunicar a diversos intermediarios que Washington estaba dispuesto a aceptar un alto el fuego a cambio de la reapertura del estrecho de Ormuz, entre otras exigencias. A medida que se acercaba la hora, el vicepresidente participó activamente en la consecución del acuerdo, con un “papel clave” en las conversaciones, según la secretaria de prensa de la Casa Blanca. Su interlocutor directo fue el jefe del ejército de Pakistán, el mariscal de campo Asim Munir.
Vance tuvo también que aplicarse el miércoles, después de que Israel bombardeara con saña Líbano pese a la entrada en vigor del alto el fuego. Las conversaciones entre las partes en conflicto sobre si Líbano entraba o no en el acuerdo (no está incluido para EE UU e Israel; para Islamabad y Teherán, sí), saltaron por los aires con la ofensiva israelí. Con la tregua al rojo vivo, Vance puso en marcha una labor de control de daños calificando lo sucedido de “malentendido legítimo”.
“Creo que los iraníes pensaron que el alto el fuego incluía a Líbano, y simplemente no era así. Nunca hicimos esa promesa”, declaró el vicepresidente estadounidense a los periodistas. “Dicho esto, los israelíes, según tengo entendido, han ofrecido, de hecho, contenerse un poco en Líbano, porque quieren asegurarse de que nuestra negociación resulte exitosa”, aseguró. La supuesta “contención” se saldó con la muerte de más de 350 libaneses, algunos de ellos en zonas comerciales y residenciales del centro de Beirut.
El papel de Vance como pacificador ya ha suscitado reservas entre los halcones de Trump, pese a ser uno de ellos: ha zaherido a la UE para defender a la ultraderecha europea —como prueba su respaldo a Viktor Orbán en vísperas de las elecciones húngaras— y atacó en marzo del año pasado hasta la humillación al presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en la Casa Blanca. El senador Lindsey Graham, uno de los principales apoyos del presidente en el Congreso, expresó su preocupación respecto a los fundamentos de las conversaciones con Irán. “Espero que los artífices de esta propuesta —el vicepresidente y otros— se presenten ante el Congreso y expliquen de qué manera un acuerdo negociado satisface nuestros objetivos de seguridad nacional”, escribió Graham en la red social X.
La capacidad de Vance para ayudar a mantener unida la base de Trump en medio de un conflicto tan divisivo como este se ha puesto también a prueba. Frente a duros como Graham, las amenazas apocalípticas de Trump contra Irán repugnan incluso dentro del mundo MAGA.
El ascenso político del vicepresidente se vio impulsado en su día por el apoyo del ala antintervencionista del Partido Republicano. Y ahora, según personas próximas a Vance, muchos de esos partidarios se han sentido traicionados por la guerra, aun cuando gran parte de la base MAGA se mantiene alineada.
No por casualidad, Vance pasó el último mes alejado de las redes sociales, donde suele anunciar propuestas y refutar críticas, algo que según un portavoz de la Casa Blanca se debió a una especie de ayuno virtual de Cuaresma. También, y salvo su viaje a Budapest para apoyar a Orbán, en las elecciones de este domingo, el vicepresidente ha estado alejado de los focos, al revés que su antítesis, el belicoso secretario de Defensa, Pete Hegseth. Parecía como si hubiese reservado todos los focos para su madrugadora comparecencia del domingo en Islamabad, a las 6.30 de la mañana, para anunciar a los periodistas que su delegación volvía a casa sin acuerdo, pero con un canal abierto… si Teherán acepta la oferta final de Washington.
Vance se ha mostrado como el antídoto del ardor guerrero de Hegseth, aunque no ideológicamente, pues ambos militan en el ala más ultra de la Administración republicana. Aunque la misión que le ha llevado hasta Islamabad ofrezca escasas garantías de éxito, Vance ya habrá recorrido varios pasos en la senda hacia 2028.
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