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Pocos días después de que Javier Bardem dijera no a la guerra en la gala de los Oscar, entre el silencio de sus colegas al respecto, Pedro Almodóvar declaró a El Mundo: “No hablar de política cuando tienes un altavoz como autor es un modo de colaboracionismo”. La acusación es dura. ¿También es justa?
El término “colaboracionista” se acuñó en Francia para designar a quienes, durante la ocupación nazi, cooperaron con el invasor (no a quienes no se opusieron a él, que fueron la mayoría de los franceses, aunque tras la guerra De Gaulle les convenciera de que todos o casi todos habían sido resistentes. “Los franceses no necesitan la verdad”, decía en privado el general). ¿Es un colaboracionista el artista que no habla de política? Antes: ¿tiene el deber de hablar de política un artista? La pregunta es absurda. La idea romántica del artista semidivino, olímpicamente ajeno a las limitaciones, deberes e inquietudes de los simples mortales, siempre fue un malentendido, pero ahora no pasa de ser un timo de pícaros, mercachifles y vendehúmos, que ya solo se traga el esnobismo papanatas de los sots savants, los tontos con lecturas (de lejos, la peor clase de tontos). “¡Quién pudiera vivir en una torre de marfil!”, exclamaba en 1852 Gustave Flaubert, uno de los paradigmas del arte puro; a otro de ellos, Borges, le preguntaron en una ocasión si vivía en una torre de marfil. “Eso es imposible”, contestó. “Una torre de marfil es una pieza de ajedrez”. Shakespeare y Cervantes eran hombres de carne y hueso, comunes y corrientes; lo excepcional no son ellos: son sus obras. Es verdad que, mientras trabaja, el artista (como el científico o el deportista, como cualquiera entregado a una tarea absorbente) vive en una torre simbólica de marfil, ensimismado en su quehacer, de espaldas al mundo; pero, en cuanto termina de trabajar, baja de su torre y se convierte en un ciudadano más, con los mismos derechos y obligaciones que los demás, empezando por la de ocuparse de lo común, es decir de la polis, es decir de la política, que es cosa de todos porque nos atañe a todos (la política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos). Como el científico o el deportista, el artista no tiene la obligación de pronunciarse sobre política porque sea excepcional, sino precisamente porque no lo es, porque es como todos y tiene las mismas obligaciones que todos (o un poco más: no todo el mundo dispone del altavoz del que habla Almodóvar). Esto no significa, sobra decirlo, que el artista acierte siempre en lo que dice: puede pifiarla como cualquiera; tampoco significa que siempre deba tener una opinión, o que deba darla a todas horas y no albergue dudas, o que su opinión sea siempre clara y taxativa —sí o no, blanco o negro—: a veces, la virtud está en el matiz, en el distingo, en el justo medio. Pero no siempre. Dante confinó en el rincón más oscuro de su infierno a los “ignavi”, los tibios, aquellos que, en tiempos de crisis profunda, no toman partido, se ponen de perfil, se hacen los suecos; el problema consiste en definir qué es una crisis profunda, lo que a menudo no es fácil. Un ejemplo pasado: durante la II República, la virtud estaba en el justo medio, que era donde estaba la legalidad democrática; pero, en cuanto estalló la guerra, la virtud ya solo podía estar del lado de quienes defendían esa legalidad (incluso sin creer en ella). Un ejemplo presente: pese a que Ucrania sea una democracia e Irán una tiranía, es imposible no condenar la violación de la legalidad internacional perpetrada por Putin en Ucrania sin convertirse en colaborador de la guerra de Putin, y es imposible no condenar la violación de la legalidad internacional perpetrada por Trump en Irán sin convertirse en colaborador de la guerra de Trump.
Así que, con todos los matices que se quiera, Almodóvar lleva razón, y Bardem hizo muy bien diciendo lo que piensa. Nadie lo ha escrito mejor que Antonio Machado, que nunca ahorró críticas a la República pero estuvo de su lado hasta el final, pagando el máximo precio por ello: “Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au-dessus de la mêlée”.
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