Ahora que la guerra ha mostrado signos de pausa, diferentes países comienzan a reflexionar sobre las lecciones aprendidas durante este conflicto, especialmente en lo que respecta a los mercados energéticos. Para México, las implicaciones son significativas y merece la pena un análisis profundo.
Primero, es esencial reconocer que la percepción de México como un país petrolero con abundancia de hidrocarburos es, en gran medida, un mito. En la actualidad, importamos una cantidad considerable de los energéticos que consumimos, siendo el gas natural la principal fuente de estas importaciones. La presidente dedicó recientemente una parte importante de su conferencia matutina a discutir esta vulnerabilidad, que ha sido ignorada por administraciones anteriores.
México tiene un consumo diario de 9,000 millones de pies cúbicos de gas natural, de los cuales Pemex solo produce 2,300 millones, mientras que el restante 6,800 millones es importado, casi en su totalidad desde Estados Unidos. Esta dependencia no solo nos pone en una posición vulnerable, sino que ha resultado ser una ventaja. El acceso al gas más barato del mundo, facilitado por una red de gasoductos construida durante lo que algunos consideran la “pesadilla neoliberal”, ha impulsado enormemente la industrialización en el norte y en el Bajío en la última década. Sin este suministro económico y abundante, el auge manufacturero de México no habría sido posible. La infraestructura en la que tanto se ha criticado también ha colocado a México en una posición privilegiada frente a competidores globales que deben pagar precios mucho más altos por los mismos insumos.
Históricamente, esta situación puede ser entendida a través de las fuentes de gas natural. Hay dos tipos principales: el gas asociado, que se extrae junto con el petróleo, y el gas no asociado, que proviene de pozos perforados específicamente para este fin. Lamentablemente, México ha desperdiciado gran parte del gas asociado que se produce en la Sonda de Campeche debido a la falta de infraestructura para su captura, y los pozos están en un estado de declive. Aunque se contempló el desarrollo de yacimientos marítimos como el de Lakach, los números no han sido favorables.
La situación del gas no asociado es más preocupante. Texas se ha consolidado como el principal productor de gas natural en Estados Unidos, y es evidente que estos yacimientos no tienen en cuenta fronteras. México posee reservas significativas en el norte que podrían aprovecharse. El reciente anuncio sobre la reactivación del fracking es un paso positivo hacia el aprovechamiento de esas reservas texanas, conocidas por ser explotadas mediante perforación horizontal y fracturación hidráulica.
Sin embargo, la explotación exitosa de estos yacimientos presenta desafíos que Pemex no está preparado para enfrentar. Este tipo de proyectos requieren múltiples pozos pequeños, una rápida caída en la producción y una cadena de suministro eficiente; características que suelen ser mejor manejadas por empresas especializadas. Las intentonas de Pemex en el pasado, como en Chicontepec, resultaron en fracasos costosos.
Es alentador observar que el gobierno actual comienza a dejar atrás dogmas del pasado, pero es vital que también aprenda de los errores anteriores. Es imperativo crear las condiciones necesarias para no solo alcanzar la autosuficiencia en gas natural, sino incluso posicionar a México como una potencia en este recurso vital.
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