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Aparece en TikTok Drew Hallgrimson limpiando su apartamento de Vancouver con 360.800 seguidores observando cada movimiento. En uno de sus vídeos más populares, limpia hasta que el suelo “esté lo suficientemente limpio como para comer de él”, y luego procede a comer literalmente del piso. En Instagram acumula 441.000 seguidores. Los comentarios oscilan entre la admiración (“¿dónde encuentro un hombre así?”) y el asombro genuino ante la novedad del espectáculo.
Bienvenidos al CleanTok masculino, donde jóvenes en forma han descubierto que mostrar cómo pasan el aspirador puede ser tan lucrativo como enseñar rutinas de gimnasio. No son los primeros hombres que limpian en redes, pero representan algo diferente: tipos que parecen salidos de un anuncio de suplementos deportivos mientras explican cómo eliminar manchas del sofá.
Will Webster, con 209.000 seguidores en Instagram, desde Scottsdale, Arizona, mezcla tecnología, lifestyle y limpieza doméstica. La bio de su Instagram refiere a una cita bíblica, Filipenses 2:4, un guiño a cierta audiencia conservadora. Terrence Bradshaw acumula 689.900 seguidores en TikTok y un millón en Instagram con sus weekend resets. En sus vídeos, limpia mientras suena R&B de fondo, convirtiendo la tarea doméstica en ritual de autocuidado. “Cuidar mi espacio siempre ha sido innegociable”, escribe. Uno de sus vídeos superó los 10 millones de visualizaciones.
Durante décadas, el contenido doméstico en redes ha sido territorio femenino. Ver a tipos musculados explicando cómo organizar armarios era impensable. Hasta ahora. ¿Qué ha cambiado? Por un lado, el algoritmo premia la novedad: un hombre limpiando no debería ser noticia en 2026, pero cuando tiene físico de gimnasio, el algoritmo enloquece. Por otro lado, existe una narrativa más profunda: estos influencers venden la limpieza como optimización personal. No limpian porque haya que limpiar, sino porque el orden exterior refleja disciplina interior. La limpieza se despoja de su dimensión relacional y se convierte en métrica de éxito individual.
En cierto sentido estos influencers normalizan que los hombres asuman tareas domésticas, pero desde un marco que refuerza masculinidad hegemónica. Tienen que ser guapos, estar en forma, proyectar éxito. El mensaje subliminal: la limpieza es aceptable para hombres siempre que la ejecuten con disciplina competitiva.
La paradoja es fascinante. Millones los ven limpiar, organizar, preocuparse por la estética doméstica y, en teoría, esto debería romper la división de género en trabajo doméstico. Pero venden una versión hiperindividualizada. No se trata de mantener espacio común habitable, sino de optimizar tu entorno como proyecto de autosuperación. Los espacios que limpian son solitarios, casi monacales. Y mientras ganan miles por vídeos donde friegan platos dos minutos, el trabajo doméstico real —el que realizan mayoritariamente mujeres— sigue invisible, desvalorado, mal pagado.
La pregunta ya no es si más hombres crearán contenido sobre limpieza. La pregunta es si esta visibilización digital se traducirá en cambios reales fuera de cámaras y los likes. Porque, de momento, lo único claro es que la limpieza se ha convertido en otro campo de batalla en las guerras culturales sobre género. Por cierto, el fenómeno no ha llegado hasta los influencers españoles, donde la figura dominante sigue siendo el gamer o streamer desaliñado que vive su masculinidad a través del desorden y retransmite desde espacios caóticos, entre cables, pizzas a medio comer y montañas de ropa. Como siempre, el algoritmo decidirá quién gana
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