En el corazón palpitante de Ciudad de México, el bisnieto de una vecina juega en un patio lleno de vida: gatos tomando el sol, bombonas y ecos de una televisión de tubo que se filtran por las puertas abiertas. A pocos pasos, una virgen de Guadalupe custodia el lugar, mientras un nacimiento aguarda las festividades navideñas y las melodías de los inquilinos que claman por posada. María Guadalupe Gutiérrez, conocida como Doña Lupita, observa con mirada firme. A sus 75 años, se ha convertido en un símbolo de resistencia ante la transformación de su barrio, un esfuerzo que ha mantenido vivo el espíritu del México de antaño.
La historia de Doña Lupita no es única; es representativa de los habitantes que aún persisten en el casco antiguo de la capital mexicana. Proveniente de una zona rural de Puebla, se trasladó a la ciudad durante su infancia, cautivada por los cines y teatros de su nueva vida. Pero su amor por la vecindad que la acoge, una construcción de 1885 con fachada de piedra volcánica, se ha visto amenazado por lo que ella llama “la mancha”: el desalojo de inquilinos que transforma el paisaje urbano en una serie de bodegas y comercios que prescinden de la identidad cultural de la zona.
Este fenómeno de eliminación de historias de vida se ha intensificado en la última década. Lo que antes eran hogares de familias de clase trabajadora, en ocasiones convertidos en espacios comunitarios vibrantes, se están transformando en experiencias turísticas y espacios comerciales que ignoran el pasado. Para Doña Lupita, estos cambios no solo destruyen edificios, sino que también aniquilan la historia y la identidad de la comunidad.
Las vecindades, esos núcleos vitales donde generaciones han convivido, han tenido un papel crucial en la narrativa de México. Estas construcciones han albergado a familias por décadas y se revitalizaron en los años cincuenta gracias a la migración interna. Sin embargo, entre 2016 y 2022, las viviendas catalogadas como “en vecindad” se redujeron de 242,845 a 152,576, marcando una caída del 37%. Esta tendencia alarmante subraya un problema estructural que afecta no solo a los inquilinos, sino a la esencia misma de la ciudad.
La respuesta de Doña Lupita fue la acción. Desde hace una década, ha estado involucrada en la gestión de presupuestos participativos, un programa que permite a los vecinos decidir cómo utilizar una parte de los fondos públicos municipales. Con esta iniciativa, ha logrado revitalizar más de 30 vecindades, transformando espacios deteriorados a través de pequeñas intervenciones que van desde la pintura hasta la reparación de techos.
Mientras recorre las calles del centro histórico, saluda a los vecinos que la reconocen, pero también se detiene a reflexionar sobre lo que ha ido desapareciendo. En una calle cercana al Palacio de Bellas Artes, señala un edificio donde recientemente se llevó a cabo un desalojo; ahora, promete ser una plaza comercial. Este tipo de desplazamiento no es novedad y ha sido impulsado en gran medida por las fuerzas del comercio que buscan aprovechar el potencial económico del centro histórico.
Según expertos en urbanismo, la transformación del casco antiguo comenzó a intensificarse en los años cincuenta y sesenta, dejándonos un centro que, en 1950, contaba con 400,000 habitantes y que hoy apenas alberga a 155,000. Este éxodo urbano, alimentado por la presión de la gentrificación y el apetito por nuevas inversiones comerciales, ha dejado de lado a aquellas comunidades que han conformado el tejido histórico de la capital.
El desarraigo de los habitantes de estas vecindades es también un eco de políticas de gobierno deficientes que han desatendido el patrimonio cultural de la ciudad. La burocracia y los intereses económicos han hecho que las opciones de vivienda sean menos rentables, presionando a muchas personas a ceder ante ofertas tentadoras por sus propiedades.
Angélica Juárez, otra vecina, comparte su experiencia de lucha. Con un fuerte sentido de comunidad, ella rechaza las ofertas que buscan comprar su hogar, valorando su estilo de vida por encima de cualquier suma de dinero. Junto a su comunidad, se resiste a vivir en una realidad donde todos están encerrados, sin la interacción que caracteriza a las vecindades.
A medida que se hace evidente el abandono histórico de este tipo de alojamiento, la desesperación crece. La transformación de las vecindades no solo implica la pérdida de estructuras físicas, sino que simboliza el desvanecimiento de tradiciones y la desconexión de las comunidades que han resistido al paso del tiempo. Y en este sentido, la Ciudad de México, un vasto museo de historia viva, enfrenta un dilema: cómo preservar su esencia en medio de un cambio inminente y, a menudo, destructivo.
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