En los últimos años, la menopausia ha dejado de ser un tema tabú para ocupar un lugar prominente en el discurso público. Redes sociales, marcas de bienestar y creadores de contenido han comenzado a desarticular un silencio que se ha mantenido por décadas, enfrentando la vergüenza y la desinformación que rodean esta etapa natural de la vida de las mujeres. Sin embargo, este aumento en la visibilidad plantea importantes preguntas sobre cómo se transforma un fenómeno colectivo en una mercancía.
La evolución hacia lo que se conoce como “menoeconomía” ha dado lugar a un mercado donde productos, servicios y contenidos se diseñan principalmente para mujeres a partir de los 45 años. Desde suplementos y cosméticos específicos hasta aplicaciones y programas de bienestar, la menopausia se está posicionando como un nicho comercial. Aunque el surgimiento de este mercado podría parecer positivo, es crucial analizarla a través del lente del “menowashing”. Este término refiere al uso del lenguaje de cuidado y empoderamiento de manera comercial, muchas veces para ofrecer productos que carecen de un respaldo científico sólido.
La medicalización de procesos naturales, como la menstruación, el embarazo y la menopausia, no es un fenómeno nuevo. La literatura científica lleva décadas analizando cómo estos eventos vitales se han transformado en oportunidades de negocio. Así, lo que una vez fueron etapas naturales se convierten en problemas que deben ser “corregidos”. Actualmente, este crecimiento acelerado del interés en la menopausia ha generado una amplia oferta de soluciones comerciales prometedoras. Las palabras que acompañan a estos productos, muchas veces cargadas de emotividad, prometen “devolver el equilibrio hormonal” o “volver a ser tú misma”, pero raramente se anclan en evidencias científicas claras.
Este tipo de marketing tiene éxito porque conecta con experiencias vividas reales, como problemas para dormir o dificultades para regular las emociones, que son comunes en esta etapa de transición. Las soluciones rápidas y personalizadas se presentan como atractivas, especialmente en un contexto donde otras formas de apoyo pueden no estar disponibles.
No obstante, la falta de respaldo científico detrás de muchos de estos productos plantea interrogantes importantes. En diversos casos, estos ofrecen versiones más costosas de productos genéricos o se basan en estudios preliminares o testimonios individuales, que no son suficientes para validar su eficacia.
Es esencial que la conversación sobre la menopausia no se reduzca a un discurso individualista que refuerce una visión medicalizada. Preguntarnos quién define los problemas y las soluciones en torno a esta etapa vital es fundamental. Si el bienestar se percibe como una mera elección personal, se corre el riesgo de presentar la menopausia como un inconveniente a corregir, desestimando su naturaleza como un proceso normal y natural.
El verdadero empoderamiento no debe centrarse en el consumo, sino en fomentar el acceso a información rigurosa y atención especializada. Se requiere un entorno que aborde la menopausia como un tema de salud pública, donde la responsabilidad del bienestar de las mujeres no recaiga únicamente sobre sus decisiones personales.
A medida que el discurso sobre la menopausia continúa evolucionando, el desafío radica menos en generar visibilidad y más en asegurar que esta atención sirva para acompañar un cuidado colectivo y eficaz. La clave está en crear un diálogo que, en lugar de desviar la responsabilidad del bienestar hacia el ámbito privado, reconozca la necesidad de apoyos sociales y sanitarios, garantizando un enfoque más integral que valore realmente la salud de las mujeres en esta fase de sus vidas.
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