Durante décadas, la narrativa acerca de los medios y la tecnología ha estado marcada por la promesa de la democratización del acceso. Cada innovadora infraestructura, desde la imprenta hasta el internet, ha sido considerada un avance civilizatorio, capaz de ampliar derechos y redistribuir la información. Sin embargo, la historia revela que ninguna tecnología surge como un derecho. Todas enfrentan, en sus inicios, periodos de disputas económicas, políticas y simbólicas. La inteligencia artificial (IA) no solo confirma esta tendencia, sino que la intensifica.
En los últimos años, hemos sido testigos de una rápida expansión de los sistemas de inteligencia artificial generativa. De asistentes conversacionales simples, hemos llegado a arquitecturas sofisticadas que pueden ejecutar tareas complejas, coordinar procesos y aprender de manera continua. Estas capacidades, lejos de limitarse a aplicaciones concretas, se han integrado en plataformas de productividad y entornos de búsqueda, revolucionando nuestra relación con la información.
Hoy en día, ya no solo “consultamos” internet; delegamos a sistemas inteligentes la exploración, la jerarquización y la toma de decisiones. Este cambio representa una transformación antropológica en nuestra manera de relacionarnos con el conocimiento, el tiempo y la responsabilidad de elegir.
El siguiente umbral es evidente: la integración de la IA en los sistemas operativos y su avance en el mundo físico a través de robots, vehículos autónomos y objetos conectados. Estamos pasando de la IA en la pantalla a una inteligencia ambiental que organiza nuestra vida cotidiana sin ser visible.
Sin embargo, esta evolución no es simplemente etérea. La inteligencia artificial tiene una materialidad concreta que rara vez se menciona. Mantener modelos de gran escala implica complejos centros de datos, un consumo intensivo de electricidad y una creciente huella de carbono. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), el consumo eléctrico de los centros de datos y los sistemas de IA representa cerca del 2% del total global, con proyecciones que podrían duplicar esa cifra antes de 2030.
Este desarrollo no se hace en un vacío. La llamada “nube” opera en territorios específicos, afectando ecosistemas y redistribuyendo los impactos ambientales de forma desigual. Así, la inteligencia artificial no solo transforma la economía del conocimiento, sino que también reconfigura la geopolítica de la energía y los recursos naturales.
A la luz de este panorama, resulta poco realista suponer que los grandes proveedores de IA puedan mantener indefinidamente modelos de acceso universal y gratuito. Esto ha llevado a la proliferación de esquemas de monetización, con suscripciones escalonadas y versiones “freemium” que han normalizado la publicidad como un medio de financiamiento. Aunque algunos líderes tecnológicos sugieren que la publicidad podría ser un “último recurso”, el recorrido histórico de plataformas como YouTube y Facebook demuestra que la publicidad se convierte en norma, modelando no solo comportamientos, sino la experiencia misma del usuario.
Esta realidad plantea una nueva pregunta: ¿qué papel jugará la publicidad en el ecosistema de la IA? Es esencial considerar cómo se integrará de forma natural en nuestras interacciones digitales, afectando desde el trabajo hasta la vida doméstica.
A medida que la inteligencia artificial se integre completamente en los sistemas operativos, dejará de ser una simple herramienta para convertirse en una mediación estructural. Comenzará a gestionar permisos y a priorizar tareas de tal forma que podrá influir en comportamientos colectivos. Este desplazamiento, como indica la investigadora Shoshana Zuboff, plantea cuestiones que van más allá de lo tecnológico, desafiante con respecto a quién diseña estos sistemas y con qué fines.
Este debate resuena con urgencia en América Latina. A pesar de concentrar el 6.6% del PIB global, la región recibe solo un 1% de la inversión mundial en inteligencia artificial. En 2023, se invirtieron aproximadamente 2,600 millones de dólares en IA, frente a más de 120 mil millones en Estados Unidos y China. Con México a la vanguardia en inversión regional, no obstante, más del 50% de la fuerza laboral carece de formación en IA, lo que limita su apropiación social.
Si la IA se convierte en infraestructura clave para la educación y el trabajo, se corre el riesgo de crear una nueva brecha cognitiva entre quienes acceden a modelos avanzados y aquellos que solo llegan a versiones limitadas.
La pregunta fundamental que surge es si la inteligencia artificial debe considerarse solo como una mercancía o como un bien social. La historia del internet enseña que su expansión dependió de políticas públicas y marcos regulatorios. Concebir la IA como infraestructura crítica implica reconocer que su acceso no debería ser exclusivamente comercial.
Educación, gobierno y plataformas podrían formar alianzas que permitan un acceso más equitativo a la inteligencia artificial. Se trata de redistribuir beneficios, no de frenar la innovación. La IA, al optimizar procesos, corre el riesgo de erosionar la responsabilidad humana y reforzar una cultura de rendimiento perpetuo.
La encrucijada que enfrentamos no es sencilla. Estamos ante una crisis en las plataformas de IA, pero también frente a una sofisticada presión comercial. Lo que está en juego es el tipo de ecosistema digital que deseamos construir: ¿uno mediado por anuncios y suscripciones o un entorno donde la IA funcione como una infraestructura ética y orientada al bien común?
La inteligencia artificial no es solo una tecnología; es una decisión civilizatoria. Cada elección que hacemos en este ámbito exige conciencia, responsabilidad y acción colectiva. Un futuro inclusivo y equitativo para todos necesariamente debe estar en el centro de este debate.
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